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Una cueva de Valencia vio morir al neandertal

Administrador 09 de August de 2026 50 lecturas 6 min de lectura
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En una ladera junto a Oliva, en la comarca valenciana de la Safor, hay una boca de piedra que lleva más de cien mil años guardando secretos. Cada verano, un equipo de arqueólogos vuelve a bajar hasta ella con paletas, pinceles y mucha paciencia, porque saben que ahí abajo, entre capas de sedimento acumuladas desde el Paleolítico, se esconde uno de los episodios más intrigantes de la historia humana: el momento exacto en que los neandertales se apagaron y los primeros Homo sapiens ocuparon su lugar.

La Cova Foradada, el yacimiento que vio el relevo de dos especies humanas

La Cova Foradada de Oliva no es un hallazgo nuevo, pero cada campaña añade una pieza al rompecabezas. El Servicio de Investigación Prehistórica (SIP) de la Diputación de Valencia y la Universitat de València llevan desde 2020 recuperando la secuencia estratigráfica de la cueva, que documenta ocupaciones desde el Paleolítico medio hasta el superior inicial. Dicho de otro modo: capas de tierra que van, sin apenas interrupción, desde los últimos neandertales hasta los primeros representantes de nuestra propia especie en la fachada mediterránea peninsular.

La cuarta campaña, dirigida por Alfred Sanchis, conservador del Museu de Prehistòria de València y especialista en zooarqueología, y Aleix Eixea, experto en industria lítica de la Universitat de València, arrancó a finales de junio de 2026 y se prolongó durante un mes. El objetivo, como en años anteriores, era ampliar el área excavada y afinar la datación de cada nivel para entender mejor cómo vivieron aquellas dos poblaciones separadas por milenios pero unidas por la misma cueva.

Herramientas, huesos y restos vegetales bajo la lupa

Entre lo recuperado este año destaca un gratador carenado, una herramienta de piedra tallada característica de la industria auriñaciense, la primera cultura material asociada con claridad al Homo sapiens en Europa. Junto a ella aparecieron huesos de fauna y restos vegetales que, según el propio museo, permiten reconstruir la alimentación, la forma de vida y el aprovechamiento del entorno de quienes ocuparon la cueva en aquel momento de tránsito.

No es un dato menor. La industria auriñaciense marca, a ojos de los prehistoriadores, el inicio del Paleolítico superior y la expansión del Homo sapiens por el continente. Encontrar un gratador carenado en un nivel concreto de la Cova Foradada equivale a clavar una bandera cronológica: en esa capa ya no quedaba nadie tallando piedra al modo neandertal.

¿Por qué desaparecieron los neandertales?

No existe una única respuesta, y la comunidad científica sigue discutiéndolo. Las hipótesis que se manejan hoy combinan varios factores: poblaciones pequeñas y dispersas, cambios climáticos bruscos, competencia directa por los recursos con los recién llegados Homo sapiens y, probablemente, cierto grado de mestizaje que diluyó genéticamente a los neandertales más de lo que los eliminó de golpe. Yacimientos como Zafarraya, en Granada, o El Sidrón, en Asturias, ya habían aportado piezas sueltas de ese rompecabezas. La Cova Foradada añade algo distinto: no una teoría nueva, sino datos de un único lugar donde ambas especies, con siglos o milenios de diferencia, encendieron fuego bajo la misma bóveda de piedra.

close-up flint stone tools and animal bones on paleolithic cave floor warm lamplight

Del esqueleto de 2010 a la cuarta campaña de excavación

La relevancia de este rincón de la Safor no es casual. En 2010, un equipo de investigadores localizó en la Cova Foradada un esqueleto neandertal en un estado de conservación excepcional, datado en torno a los cien mil años de antigüedad. El hallazgo situó a la cueva en el mapa internacional de la paleoantropología y sirvió de argumento, una década más tarde, para que Sanchis y Eixea decidieran retomar los trabajos: la primera campaña moderna arrancó en 2022, tras dos años de preparación, y desde entonces no se ha dejado de excavar ni un verano.

Cada campaña ha ido ampliando la superficie estudiada y refinando la lectura de los estratos. Parte de la financiación actual llega del proyecto NESUBSTRA, respaldado por el Ministerio de Ciencia e Innovación a través de la Agencia Estatal de Investigación, centrado precisamente en documentar los sustratos de ocupación paleolítica en el arco mediterráneo peninsular. El Servicio de Investigación Prehistórica que coordina los trabajos, por cierto, se fundó en 1927 y cumplirá su centenario el año que viene.

Una campaña arqueológica valenciana con varios frentes abiertos

La Cova Foradada no excava sola. Este verano, la Diputación de Valencia ha reforzado su apuesta por la investigación prehistórica con una campaña que incluye, además de Oliva, trabajos en la Cueva Merinel de Bugarra, con ofrendas rituales de época ibérica, y el cierre, tras una década de trabajo, de las excavaciones del Pico de los Ajos en Yátova, donde se ha documentado un poblado fortificado con foso, torre y puerta defensiva. En conjunto dibujan un mapa de la prehistoria valenciana mucho más rico de lo que recogían los libros de texto hace apenas veinte años, en la línea de lo que también ha obligado a revisar el cráneo hallado en Ruidera que puso en duda parte del relato oficial de la evolución humana en la península.

Lo que hace especialmente valiosa a la Cova Foradada, frente a otros yacimientos del Paleolítico peninsular, es que aquí no hay que elegir entre estudiar a los neandertales o a los primeros sapiens: la misma cueva conserva el antes y el después, capa sobre capa, sin necesidad de comparar sitios distintos con condiciones distintas. Pocas cuevas del Mediterráneo occidental ofrecen esa continuidad, y eso explica por qué un mismo equipo lleva ya cuatro veranos volviendo al mismo agujero en la roca en vez de abrir un yacimiento nuevo cada temporada.

Los resultados definitivos de esta campaña tardarán meses en publicarse, una vez se analicen en laboratorio los restos líticos, óseos y vegetales recuperados este verano. El equipo ya ha anunciado que volverá en 2027, con la vista puesta en ampliar la trinchera hacia los niveles más profundos y antiguos, los que todavía pertenecen, sin discusión posible, a los últimos neandertales que pisaron la Safor.

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Fuente: El Debate

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