El Tiempo Cuenta
Siglo XIX

El telegrama de 98 palabras que tardó 16 horas en cruzar el Atlántico

En 1858 un cable tendido en el fondo del océano unió Europa y América por primera vez, y dejó de funcionar tres semanas después

Carmen Puerta 16 de August de 2026 20 lecturas 9 min de lectura
Mapa de la ruta del cable telegráfico transatlántico de 1858
Índice de contenidos

Publicidad

La noche del 16 de agosto de 1858, un operador de telégrafos no apartaba la vista de la aguja de un galvanómetro en la isla de Valentia, en la costa oeste de Irlanda. Llevaba horas anotando cada mínimo temblor del instrumento, como quien descifra un idioma que acaba de nacer. Al otro lado del Atlántico, en Terranova, otro hombre hacía exactamente lo mismo. Entre ambos, tendido en el lecho del océano, había casi 3.200 kilómetros de cable de cobre envuelto en gutapercha y hierro. Por ese hilo viajaba, letra a letra, un mensaje de la reina Victoria para el presidente de Estados Unidos, James Buchanan. Tardó dieciséis horas y media en llegar completo.

Aquel cable transatlántico, el primero que conectó Europa y América de forma directa, había costado cuatro años de intentos rotos y discusiones técnicas entre ingenieros que apenas se ponían de acuerdo sobre cómo debía comportarse la electricidad bajo el mar. Y cuando por fin funcionó, apenas aguantó unas semanas.

Cuatro años y tres cables rotos para unir dos continentes

La idea era del empresario estadounidense Cyrus West Field, que en 1854 se propuso algo que a muchos de sus contemporáneos les sonaba a delirio: tender un cable telegráfico por el fondo del océano Atlántico. Field había hecho fortuna en el negocio del papel y no sabía nada de electricidad, pero tenía la terquedad necesaria para convencer a inversores británicos y estadounidenses de financiar la empresa a través de la Atlantic Telegraph Company.

El empresario estadounidense Cyrus West Field, impulsor del proyecto para tender el primer cable telegráfico transatlántico
El empresario estadounidense Cyrus West Field, impulsor del proyecto para tender el primer cable telegráfico transatlántico

El primer intento serio llegó en agosto de 1857. Los buques de guerra HMS Agamemnon, de la marina británica, y USS Niagara, de la estadounidense, zarparon desde la bahía de Valentia con el cable repartido entre sus bodegas. El plan era ir desenrollándolo mientras el Niagara navegaba hacia Terranova. No llegaron lejos: el cable se rompió el primer día, se recuperó, y volvió a partirse poco después sobre la meseta submarina que separa Irlanda de la plataforma continental americana, a casi 3.200 metros de profundidad. Perdieron cientos de kilómetros de cable y tuvieron que volver a empezar desde cero.

Grabado de época del HMS Agamemnon tendiendo el cable telegráfico transatlántico en pleno océano
Grabado de época del HMS Agamemnon tendiendo el cable telegráfico transatlántico en pleno océano

La segunda campaña, en junio de 1858, tampoco empezó bien. Una tormenta violenta, diez días después de zarpar, estuvo a punto de volcar a los dos barcos, sobrecargados con el peso del cable. Cuando por fin se recuperaron y empalmaron los dos tramos en mitad del Atlántico, el cable se rompió tres veces más mientras lo desenrollaban. Field ordenó regresar a puerto una vez más, con la moral de la tripulación bastante deteriorada.

El empalme que sí resistió

El 29 de julio de 1858 los dos buques lo intentaron por tercera vez desde el mismo punto medio del océano. El empalme aguantó. El Niagara puso rumbo a Terranova y el Agamemnon a Irlanda, cada uno desenrollando su mitad a medida que avanzaba. El 4 de agosto el Niagara tocó tierra en la bahía de Trinity, en Terranova. Un día después, el 5 de agosto, el Agamemnon llegó a Knightstown, en la isla de Valentia. Por primera vez, Europa y América quedaban unidas por un cable continuo.

Noventa y ocho palabras, dieciséis horas de espera

Las pruebas técnicas de los días siguientes fueron alentadoras, aunque la señal llegaba débil y distorsionada. El 16 de agosto la compañía consideró que el sistema estaba listo para su primera comunicación oficial: un telegrama de la reina Victoria al presidente Buchanan. El texto, transmitido letra a letra desde Valentia, decía así:

«La Reina desea felicitar al Presidente por la feliz conclusión de esta gran obra internacional, en la que la Reina ha tomado el mayor interés. La Reina confía en que el Presidente compartirá con ella el deseo de que el cable eléctrico que ahora une Gran Bretaña con Estados Unidos sirva como un vínculo más entre dos naciones cuya amistad se funda en su interés común y su estima recíproca. La Reina tiene mucho gusto en comunicarse así con el Presidente, y renueva sus deseos de prosperidad para Estados Unidos.»

Noventa y ocho palabras. Dieciséis horas y media de transmisión. La aguja del galvanómetro se movía tan despacio que los operadores repetían cada letra varias veces antes de confiar en haberla registrado bien. Buchanan respondió al día siguiente con una frase que sonaba casi a sermón: esperaba que el telégrafo atlántico sirviera, «bajo la bendición del cielo, como vínculo de paz perpetua y amistad entre naciones hermanas, y como instrumento destinado por la Providencia divina a difundir la religión, la civilización, la libertad y la ley por todo el mundo». La solemnidad del presidente contrastaba con la fragilidad de lo que estaba celebrando: un hilo de cobre tan fino como un lápiz, aislado con una resina vegetal llamada gutapercha, tendido sobre montañas y valles submarinos que nadie había cartografiado todavía.

La reina Victoria, retratada hacia 1859, poco después de enviar el primer telegrama oficial a través del cable transatlántico
La reina Victoria, retratada hacia 1859, poco después de enviar el primer telegrama oficial a través del cable transatlántico

Nueva York se incendia de alegría

La noticia desató una euforia difícil de imaginar hoy. En Nueva York se organizó un desfile, se izaron banderas por toda la ciudad y, la noche del 17 de agosto, se lanzaron fuegos artificiales sobre el parque del ayuntamiento para celebrar la hazaña. Nadie reparó en que algunas chispas se habían colado bajo el revestimiento metálico de la cúpula del City Hall. A la mañana siguiente el edificio ardía. El incendio destruyó buena parte del tejado y obligó a reconstruir la cúpula entera. El taller de litografía Currier & Ives, con sede a pocas calles de allí, publicó en cuestión de días una estampa del incendio que hoy se conserva en varios museos, entre ellos el Metropolitan de Nueva York.

Hubo también un tedeum en la iglesia de la Trinidad, en el bajo Manhattan, con el alcalde y el obispo George Washington Doane entre los asistentes. Los periódicos de la época describían el cable como la octava maravilla del mundo, capaz de reducir semanas de navegación a minutos de electricidad. Nadie sabía todavía que aquella maravilla tenía los días contados.

Litografía de Currier & Ives que documenta el incendio del ayuntamiento de Nueva York, la noche del 17 de agosto de 1858, provocado por los fuegos artificiales de la celebración
Litografía de Currier & Ives que documenta el incendio del ayuntamiento de Nueva York, la noche del 17 de agosto de 1858, provocado por los fuegos artificiales de la celebración

El cirujano que apagó el cable en tres semanas

El responsable técnico del proyecto no era ingeniero eléctrico de formación, sino cirujano. Edward Orange Wildman Whitehouse había ejercido la medicina en Brighton antes de convertirse, por afición, en experto autodidacta de telegrafía submarina. Cyrus Field lo contrató como electricista jefe de la Atlantic Telegraph Company, y Whitehouse llegó a la conclusión de que, para que la señal recorriera 3.200 kilómetros de cable, hacía falta empujarla con mucha fuerza. Usaba bobinas de inducción propias, capaces de generar hasta 2.000 voltios.

El físico escocés William Thomson, el mismo que años después sería ennoblecido como lord Kelvin, defendía justo lo contrario. Había diseñado un galvanómetro de espejo capaz de detectar corrientes muchísimo más débiles, y sostenía que el voltaje alto no aceleraba la transmisión: simplemente destrozaba el aislamiento del cable. Los dos hombres llevaban meses discutiendo, y durante las primeras semanas de funcionamiento fue el criterio de Whitehouse el que se impuso a bordo.

¿Por qué dejó de funcionar el cable en solo tres semanas?

El voltaje excesivo que aplicaba Whitehouse fue deteriorando poco a poco el recubrimiento de gutapercha que aislaba el núcleo de cobre. La señal, cada vez más débil y confusa, se fue apagando en las semanas posteriores al estreno hasta dejar de transmitir mensajes con sentido. En total, el cable llegó a cursar 732 telegramas durante las semanas que estuvo operativo, incluida alguna orden militar que ahorró al Tesoro británico decenas de miles de libras al evitar un despliegue de tropas ya innecesario en Canadá. Fue, con todo, un balance modesto para una inversión de cientos de miles de libras. Una comisión de investigación británica concluyó después que Whitehouse era el principal responsable del fallo, y la compañía lo destituyó.

El físico William Thomson, más tarde lord Kelvin, defendió el uso de bajo voltaje frente a los métodos de Wildman Whitehouse
El físico William Thomson, más tarde lord Kelvin, defendió el uso de bajo voltaje frente a los métodos de Wildman Whitehouse

Lo que hace especialmente revelador este episodio no es tanto el fracaso técnico, habitual en cualquier tecnología que se estrena sin margen de prueba real, sino el contraste entre el entusiasmo casi religioso con que se recibió el cable y la fragilidad de lo que en realidad sostenía esa comunicación. Un hilo aislado con savia de árbol, gestionado por un aficionado convencido de su propio criterio frente al de un físico que acabaría siendo una de las mentes más influyentes del siglo, resume bastante bien cómo avanza la técnica en sus primeros pasos: a golpe de ensayo, error y disputas de ego, no de certezas ordenadas.

El segundo intento, ocho años después

Cyrus Field no se rindió. La guerra de Secesión estadounidense y la falta de financiación retrasaron un nuevo intento casi una década, pero en 1866 el vapor Great Eastern, el barco más grande construido hasta entonces, tendió un cable nuevo, esta vez fabricado con mejores materiales y operado según los criterios de baja tensión de Thomson. Ese cable sí resistió, y en pocos años el Atlántico quedó cruzado por varias líneas telegráficas que funcionaron durante décadas.

Del cable de 1858 apenas queda memoria fuera de los libros de historia de la técnica. Pero durante tres semanas, un mensaje de la reina de Inglaterra recorrió el fondo del océano letra a letra, más rápido que cualquier barco, y cambió para siempre la idea de lo que significaba estar lejos.

Otros artículos de Historia

Grabado de época del asedio de Amberes, con el puente que las tropas españolas levantaron sobre el río Escalda en 1585 Edad Moderna

El puente que hundió a la ciudad más rica de Europa

El 17 de agosto de 1585 Amberes se rindió a los tercios de Alejandro Farnesio tras un asedio decidido por un puente de 800 metros sobre el Escalda. La ciudad más rica de Europa nunca se recuperó del todo, y buena parte de su riqueza acabó en Ámsterdam.

17 Aug 2026 13 9 min