⚔️ Cartagena contra España: la Revolución Cantonal de 1873
Cartagena contra España: la Revolución Cantonal de 1873
El 12 de julio de 1873, un grupo de republicanos federales subió al castillo de San Julián y colgó allí una bandera roja. Con ese gesto, casi improvisado, Cartagena dejó de obedecer al Gobierno de Madrid. Nadie en la ciudad imaginaba entonces que aquella decisión desembocaría en un asedio de mes y medio, en un bombardeo que arrasaría buena parte del casco urbano y en la derrota de uno de los episodios más singulares de la historia contemporánea de España.
Para entender por qué Cartagena llegó tan lejos hay que mirar el año que la Primera República llevaba a sus espaldas. Proclamada en febrero de 1873 tras la abdicación de Amadeo de Saboya, la República nació dividida entre quienes querían un Estado federal construido desde arriba, con calma y consenso entre las regiones, y los llamados "intransigentes", que exigían proclamar los cantones de inmediato, sin esperar a que Madrid diseñara el nuevo mapa territorial. Cartagena, con una tradición obrera e internacionalista muy fuerte gracias a sus minas y su arsenal militar, se convirtió en el bastión de esta segunda corriente.
De la proclama en San Julián a un país de seis meses
Al frente del movimiento se situó Roque Barcia, que presidió la Junta Revolucionaria, mientras el guerrillero murciano Antonio Gálvez Arce, conocido como Antonete Gálvez, asumió el mando del ejército cantonal. La revuelta no se quedó dentro de las murallas de Cartagena: en las semanas siguientes el cantón se extendió a Murcia capital, Lorca, Caravaca, Cieza, Alhama, Jumilla y otras localidades de la región, aunque la mayoría de esos focos fueron sofocados por tropas gubernamentales antes del verano. Cartagena, en cambio, resistió sola durante meses, protegida por sus murallas, su arsenal y, sobre todo, por los barcos de guerra que controlaba en el puerto.
Durante ese tiempo, la Junta Revolucionaria actuó como un gobierno por derecho propio. Editó su propio periódico, "El Cantón Murciano", para difundir noticias y consignas entre la población. Acuñó una moneda de curso local, el duro cantonal, con la que pagaba a sus soldados y sostenía la economía de la ciudad sitiada. Y aprobó medidas que en la España de la época resultaban radicales: se decretó el divorcio y se abolió la pena de muerte dentro del territorio cantonal, dos decisiones que reflejaban el ideario progresista y federalista de sus dirigentes, muy alejado del conservadurismo que dominaba buena parte del país.
Un ejército improvisado con barcos de guerra reales
Lo que distinguió a Cartagena de otros brotes cantonalistas fue disponer de una escuadra naval de primer nivel. El 25 de agosto de 1873, el marino Juan Contreras y San Román zarpó del puerto al mando de las fragatas blindadas Numancia y Tetuán, dos de los buques más modernos de la Armada española del momento, con casco acorazado y tecnología eléctrica propia a bordo. Con ellas bombardeó Almería y amenazó Alicante, en un intento de extender el conflicto por todo el litoral mediterráneo y de conseguir fondos y reconocimiento para la causa cantonal. La maniobra alarmó tanto al Gobierno de Madrid como a las potencias extranjeras, que llegaron a calificar a los barcos cantonalistas de piratas y enviaron buques de guerra propios, entre ellos alemanes, para vigilar la costa y proteger sus intereses comerciales en la zona.
El cerco final: bombas durante 48 días
La respuesta del Estado no tardó en llegar. Tropas del Ejército central fueron cercando la ciudad por tierra mientras la Armada nacional bloqueaba el puerto por mar, cortando cualquier vía de escape o de suministro. El bombardeo sistemático sobre Cartagena arrancó el 26 de noviembre de 1873, sin previo aviso a la población civil, y se prolongó, con distintas intensidades, hasta el último día del asedio. Se calcula que más del setenta por ciento de los edificios de la ciudad sufrieron daños graves o quedaron directamente destruidos, una cifra que da idea de la dureza del castigo recibido por una población que, en muchos casos, no tenía más responsabilidad que la de vivir allí.
El general José López Domínguez fue quien finalmente logró rendir la plaza el 12 de enero de 1874, tras semanas de asedio en las que el hambre y el agotamiento hicieron tanto daño como la artillería. Ese mismo día, la fragata Numancia zarpó rumbo a Mazalquivir, cerca de Orán, en el norte de África, llevando al exilio a unas quinientas personas vinculadas al cantón, entre ellas los propios Antonete Gálvez y Juan Contreras. Con su marcha se cerraba un episodio que había durado apenas seis meses, pero que durante ese tiempo funcionó, de facto, como un pequeño Estado independiente dentro de España.
Lo que hace especialmente llamativo el cantón de Cartagena, comparado con otros levantamientos de la época, no es solo su radicalidad ideológica, sino los medios materiales con los que contó: un puerto fortificado, un arsenal militar y, sobre todo, una escuadra de guerra moderna capaz de operar por su cuenta durante meses frente al resto de la Armada española. Pocas rebeliones internas del siglo XIX en Europa llegaron a sostener una fuerza naval propia durante tanto tiempo. La derrota cantonal, además, no fue un hecho aislado: marcó el principio del fin de la Primera República, que apenas sobreviviría unos meses más antes del golpe del general Pavía y, poco después, de la Restauración borbónica con Alfonso XII. La Cartagena que hoy pasea entre sus murallas y su puerto guarda, bajo el asfalto, la memoria de aquellos 48 días de bombas que estuvieron a punto de convertir una ciudad portuaria en un país aparte.