¿Y si partes de la médula espinal que los libros de neurología describen como zonas casi independientes estuvieran, en realidad, mucho más conectadas de lo que se pensaba? Un equipo de neurofisiólogos que trabaja entre Bilbao y Nueva York acaba de demostrarlo durante una cirugía de columna, casi por casualidad.
El reflejo que nadie esperaba encontrar en el quirófano
Todo empezó con algo que no encajaba. Durante las intervenciones de columna vertebral, los especialistas vigilan en tiempo real la actividad de los nervios y los músculos del paciente, dormido bajo anestesia, para evitar dañar estructuras delicadas. En algunas de esas cirugías, al estimular el nervio pudendo, el que controla buena parte de la función urogenital y anal, el equipo empezó a detectar algo que los manuales no explicaban: "en determinados pacientes, al estimular el nervio pudendo durante la cirugía, aparecían respuestas musculares que no podían explicarse únicamente por los circuitos reflejos sacros clásicos", explica la doctora Patricia Colmenárez, neurofisióloga de la Clínica IMQ Zorrotzaurre de Bilbao y responsable del estudio.
Dicho de otro modo: se activaban músculos abdominales lejos de la zona sacra, donde en teoría debía quedarse la señal. Ese detalle, que en cualquier otra circunstancia se podría haber achacado a un fallo de medición, se repitió las veces suficientes como para levantar sospechas serias entre el equipo médico.
Un reflejo con nombre propio: el IPR
Tras revisar los registros de varias cirugías realizadas junto al Hospital Universitario Araba y al Hospital Mount Sinai West, en Nueva York, el equipo confirmó que no se trataba de ruido en las mediciones. Existía "un patrón reproducible de respuestas reflejas que implicaban redes medulares intersegmentarias complejas", apunta Colmenárez. Al fenómeno lo bautizaron como reflejo intersegmentario del nervio pudendo, conocido ya por sus siglas en inglés como IPR.
Qué son los segmentos sacro, lumbar y torácico de la médula
La médula espinal se organiza en segmentos que, tradicionalmente, se estudian como si fueran compartimentos con funciones bastante delimitadas: el segmento sacro controla buena parte de la función urogenital y del suelo pélvico, el lumbar se ocupa sobre todo de las piernas, y el torácico coordina el tronco. El hallazgo del equipo de Colmenárez apunta a que esas fronteras son más porosas de lo que sugería el mapa clásico, con circuitos que conectan directamente estas tres regiones.
Por qué este detalle mejora la seguridad de las cirugías de columna
Más allá del interés puramente científico, el hallazgo tiene una aplicación práctica inmediata. El propio estudio abre "la posibilidad de evaluar la conectividad entre los segmentos de la zona sacra, zona lumbar y zona torácica de la médula espinal, en tiempo real y durante la propia cirugía", según la investigadora. Eso significa que los cirujanos podrán comprobar, mientras operan, si esas conexiones siguen intactas, sin esperar a que el paciente despierte para descubrir si hay una lesión.
La función del nervio pudendo no es menor: de él depende buena parte del control urinario, intestinal y sexual. Un fallo durante una cirugía de columna puede traducirse en secuelas que afectan a la calidad de vida del paciente durante años. Por eso Colmenárez subraya que "este análisis aumenta la seguridad del paciente en cirugías que afectan a este nervio y, por extensión, a los órganos a los que alcanza".

¿Qué es la monitorización intraoperatoria y para qué sirve?
La monitorización intraoperatoria consiste en vigilar en directo, con electrodos, cómo responden los nervios y los músculos del paciente mientras el cirujano opera, todavía bajo los efectos de la anestesia. Sirve para avisar al equipo médico si una maniobra concreta está afectando a una estructura nerviosa, de forma que puedan corregir el rumbo de la intervención antes de que el daño sea irreversible. El nuevo reflejo IPR se suma ahora a las señales que estos equipos pueden vigilar durante operaciones de tumores medulares o deformidades complejas de columna.
Una colaboración que cruza el Atlántico
El trabajo, publicado en la revista Clinical Neurophysiology, es fruto de una colaboración entre la Clínica IMQ Zorrotzaurre, el Hospital Universitario Araba y el Hospital Mount Sinai West de Nueva York, con la participación de Berenice Murià, María J. Téllez y Sedat Ulkatan, entre otros. Ese tipo de colaboración transatlántica es habitual en neurofisiología intraoperatoria, un campo donde los casos clínicos válidos para sacar conclusiones sólidas suelen ser escasos y hace falta sumar la experiencia de varios quirófanos para detectar patrones que en un solo hospital podrían pasar por casualidad.
Este tipo de hallazgos conecta, de alguna manera, con otras investigaciones españolas que también han encontrado sorpresas en el funcionamiento del cuerpo humano donde menos se esperaba: en Cantabria, por ejemplo, un equipo dio con un mecanismo inesperado que podría aplicarse al diseño de chips más eficientes, y otro grupo de investigadores ha descrito recientemente cómo se multiplican las células madre de la sangre a través de un proceso que hasta ahora no se conocía bien.
Lo interesante de este trabajo es que no nació en un laboratorio buscando específicamente esta conexión, sino en el quirófano, a partir de una señal que no encajaba con lo esperado. Puesto en perspectiva, confirma algo que la neurofisiología lleva años sugiriendo: los mapas clásicos del sistema nervioso, pensados para simplificar la enseñanza, esconden muchas veces una complejidad real que solo sale a la luz cuando alguien se para a investigar por qué un músculo se mueve donde no debería.
El equipo trabaja ahora en ampliar la muestra de pacientes y en precisar en qué tipo de cirugías conviene vigilar de forma sistemática este nuevo reflejo, con la idea de que acabe integrado como una herramienta más en los protocolos habituales de monitorización neurofisiológica.