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Dos anclas milenarias delatan un naufragio en Tabarca

Administrador 09 de August de 2026 52 lecturas 6 min de lectura
ancient roman stone anchors on mediterranean seabed near Tabarca island dramatic underwater light
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Dieciséis metros bajo la superficie, frente al islote de Tabarca, dos bloques de granito llevaban más de dos mil años esperando a que alguien los reconociera. Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Alicante se fijó en su forma pulida y en la distancia exacta que las separaba —entre 16 y 18 metros—, justo la eslora que habría tenido el barco que las transportaba. Así se ha confirmado un naufragio romano de finales del siglo II a.C., el segundo que se documenta en la reserva marina más pequeña de España.

El punto exacto se llama Els Farallons, un bajo rocoso a ocho millas náuticas de la ciudad de Alicante, muy cerca de la isla habitada más pequeña del país. No es un lugar cualquiera: durante siglos, los barcos que cruzaban el Mediterráneo occidental pasaban rozando estas aguas, y algunos no llegaron a salir de ellas.

Dos piedras que marcan el tamaño exacto del barco hundido

Lo que ha permitido identificar el naufragio no son restos de madera —el mar y los organismos marinos se encargaron de ella hace mucho— sino dos anclas de piedra conocidas como potalas, talladas en granito pulido procedente del Mediterráneo occidental. Los barcos romanos de carga no siempre usaban anclas metálicas: en muchos casos preferían grandes bloques perforados, atados con cuerdas gruesas, que se dejaban caer al fondo para fijar la nave durante la travesía o en los fondeaderos de paso.

El equipo, dirigido por el catedrático de Historia Antigua Jaime Molina Vidal, junto con Alberto J. Lorrio Alvarado, José Antonio Moya Montoya, Hugo Corbí Sevilla, Javier Martínez-Martínez, Alejandro Pérez Prefasi, José Manuel Pérez Burgos y Felio Lozano Quijada de la Reserva Marina, documentó ambas piezas in situ antes de establecer su relación. La separación entre ambas —de 16 a 18 metros— no es casual: coincide con la eslora que habría tenido el mercante para poder maniobrar con dos puntos de fondeo, una técnica habitual en la navegación de la época.

Por qué los romanos confiaban en el granito y no en el hierro

El metal era caro y escaso a bordo de un barco de carga. La piedra, en cambio, era abundante, resistente y fácil de reponer si se perdía en una maniobra brusca o quedaba enganchada en el fondo. De hecho, buena parte de lo que hoy sabemos sobre las rutas comerciales antiguas procede precisamente de estos objetos aparentemente humildes, abandonados en el lecho marino cuando un cabo se rompía o una tormenta obligaba a cortar amarras.

Un cargamento de vino italiano que nunca llegó a su destino

Alrededor de las anclas, los buceadores localizaron un campo de fragmentos cerámicos que cuenta la historia real del naufragio. El 92% de esos restos corresponden a dos tipos de ánfora muy concretos: Lamboglia 2 y Dressel 1, los envases estándar para transportar vino producido en la península itálica durante los últimos dos siglos antes de nuestra era.

Eso sitúa el hundimiento entre finales del siglo II a.C. y la primera mitad del siglo I a.C., justo en el periodo de mayor expansión del comercio de vino romano hacia Hispania. El barco, probablemente de mediano tamaño, seguía una de las rutas más transitadas del Mediterráneo occidental: la que unía los puertos itálicos con la costa levantina, entonces en plena romanización tras las guerras contra Cartago.

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Lamboglia 2 y Dressel 1: la huella cerámica del vino romano

Estas ánforas no son un hallazgo aislado. Se han documentado en decenas de yacimientos de toda la costa mediterránea española, desde Cataluña hasta Andalucía, y son uno de los indicadores más fiables que usan los arqueólogos para fechar contextos comerciales de época tardorrepublicana. Encontrar una concentración tan alta de estos dos tipos, junto a las anclas, refuerza la lectura de que se trata de los restos de un único barco y no de un vertedero acumulado con el tiempo.

Tabarca, un cementerio de barcos que sigue guardando secretos

Este no es el primer naufragio que aparece en los fondos de la Reserva Marina de Tabarca, y probablemente tampoco será el último. La zona combina corrientes fuertes, bajos rocosos poco visibles y un tráfico marítimo que lleva más de dos mil años pasando por el mismo estrecho corredor de agua. Es una combinación que, para un patrón romano sin instrumentos de navegación modernos, podía resultar fatal en cuestión de minutos.

España acumula en 2026 un año especialmente activo para la arqueología subacuática. Meses antes de este hallazgo, un equipo distinto completaba en Mallorca la extracción íntegra de un mercante romano del siglo IV, el primero recuperado entero en aguas españolas. Y en el litoral gallego sigue en pie el único faro romano que todavía funciona en el mundo, testigo de la misma necesidad que motivó estos naufragios: guiar barcos por una costa que nunca ha sido del todo segura. El hallazgo de Tabarca se suma también a otros descubrimientos recientes vinculados a la presencia militar y comercial de Roma en la península, como los campamentos romanos localizados hace poco bajo Palencia, que confirman hasta qué punto la actividad romana en Hispania dejó huella tanto en tierra como en el fondo del mar.

¿Por qué naufragaban tantos barcos romanos cerca de las costas españolas?

Porque el Mediterráneo occidental concentraba entonces un tráfico comercial intensísimo, con rutas fijas entre Italia, Hispania y el norte de África que pasaban obligatoriamente junto a cabos, islotes y bajos como los de Tabarca. Los barcos de la época carecían de instrumentos de navegación fiables y dependían del viento y de la pericia del patrón, así que cualquier tormenta repentina o un error de cálculo cerca de la costa podía terminar en desastre. Con el tiempo, estos puntos se convirtieron en auténticos cementerios navales que hoy permiten reconstruir, ánfora a ánfora, cómo funcionaba el comercio antiguo.

Lo que hace especialmente valioso este hallazgo no es tanto la espectacularidad del objeto —al fin y al cabo, son dos piedras— sino la precisión con la que permite reconstruir un momento muy concreto: una ruta, una carga, una fecha aproximada y hasta el tamaño del barco. Frente a otros naufragios donde solo queda un amasijo irreconocible de ánforas rotas, aquí la disposición de las anclas y la homogeneidad del cargamento cuentan una historia casi completa sin necesidad de rescatar ni una sola tabla del casco. Es arqueología de precisión, construida a partir de indicios mínimos.

El estudio, publicado en la revista científica Sagvntvm, es solo la primera fase de los trabajos en Els Farallons. El equipo de la Universidad de Alicante prevé nuevas campañas de prospección en la zona, con la esperanza de localizar más restos del casco bajo los sedimentos y completar así el perfil de un barco que, dos mil años después, ha vuelto a contar su última travesía.

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Fuente: El Debate

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