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Abanico español: el mito que desmonta la historia

Óscar Navarro 29 de July de 2026 51 lecturas 6 min de lectura
antique Spanish folding fan close-up warm golden light 19th century elegance
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¿Alguna vez te has parado a pensar por qué el abanico español se da por hecho como seña de identidad nacional, casi como si formara parte de nuestro escudo de armas junto al toro y la guitarra? Pues resulta que esa idea tiene más de leyenda romántica que de historia real. La historiadora Ana Velasco, colaboradora habitual de la sección "Curiosidades de la Historia" del programa Herrera en COPE, lo dejó claro el pasado 23 de julio: "El romanticismo dice que el abanico es de origen español pero no se popularizaron hasta el siglo XIX, los primeros se usaron para dar sombra y apartar insectos". Una frase corta que desmonta uno de los mitos culturales más repetidos sobre nuestro país.

El objeto que Egipto y Roma usaban mucho antes que España existiera

Para entender de dónde viene realmente el abanico hay que retroceder muchísimo más atrás de lo que cualquiera imaginaría, hasta el Antiguo Egipto. Allí, y también en Grecia y Roma, ya se utilizaban objetos pensados para mover el aire y proteger del sol, aunque no se parecían en nada al abanico plegable que conocemos hoy.

Los primeros abanicos no eran plegables, eran paneles de plumas

Según explicó Velasco, aquellos precursores eran grandes paneles hechos con plumas, tan aparatosos que necesitaban a alguien que los sujetara y los moviera. Ese trabajo recaía en esclavos, encargados de refrescar y dar sombra a faraones, nobles y patricios. No había nada decorativo ni coqueto en su función: eran, sencillamente, un sistema de ventilación manual reservado a quienes podían permitirse tener servicio propio para ello.

Cómo llegó el abanico a España y por qué terminó quedándose con la fama

El salto a Europa no se produjo hasta el siglo XV, cuando el abanico empezó a circular como artículo de lujo entre las clases altas del continente. Ahí es donde España sí entra en la historia, aunque no como inventora sino como una de sus primeras grandes coleccionistas. Isabel la Católica, según recoge la propia Velasco, llegó a poseer abanicos de oro, una pieza más de ese ajuar de reina que combinaba poder político y gusto por los objetos exóticos llegados de fuera.

Ese vínculo temprano con la realeza explica en parte por qué, con el paso de los siglos, el objeto acabó asociado a la identidad española. Pero entre aquellos abanicos dorados del siglo XV y el abanico que hoy vemos en una boda o en una feria de abril hay un salto de cuatrocientos años que casi nadie tiene en cuenta.

El siglo XIX y la industrialización que puso un abanico en cada mano

El verdadero despegue del abanico como objeto popular, y no de unos pocos privilegiados, llegó con la industrialización del siglo XIX. La fabricación en serie abarató los materiales y multiplicó la producción, de modo que un accesorio antes reservado a la aristocracia empezó a llegar a la calle. Fue entonces, y solo entonces, cuando el abanico se convirtió en el símbolo que hoy damos por hecho.

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¿Por qué asociamos el abanico con España si no es un invento español?

La respuesta está en la coincidencia entre esa popularización decimonónica y el auge del romanticismo, un movimiento cultural que idealizó una imagen de España marcada por el flamenco, las mantillas y las escenas de coquetería andaluza. El abanico se convirtió en atrezo perfecto de ese imaginario, y la idealización caló tan hondo que terminamos creyendo que el objeto había nacido aquí, cuando en realidad lo que nació en España fue solo su leyenda.

El lenguaje del abanico, el mito que terminó de fijar la imagen

Ligado a esa misma época surgió otro elemento que reforzó la idea de un abanico "made in Spain": el supuesto lenguaje del abanico, un código de gestos con el que las mujeres podrían comunicar mensajes amorosos en sociedad sin hablar. Abanicarse despacio, tocarse la mejilla con él o dejarlo caer tenían, según esa tradición popular, significados concretos. Historiadores de la moda llevan décadas señalando que buena parte de ese supuesto código fue en realidad una construcción posterior, más publicitaria que auténtica, pensada para vender abanicos como objeto romántico. Da igual: la imagen ya estaba fijada, y ha sobrevivido hasta nuestros días en el cine, en la publicidad turística y en la memoria colectiva.

Este tipo de reconstrucciones no son un caso aislado. España está llena de tradiciones que, al mirarlas de cerca, esconden un origen bastante distinto al que nos contaron de pequeños, algo parecido a lo que ocurre con el idioma secreto que sobrevivió cinco siglos en un pueblo de Segovia, otro ejemplo de cómo la historia real casi siempre es más sorprendente que la versión oficial.

Lo que hace interesante este desmontaje del mito no es tanto quitarle protagonismo a España, sino entender cómo se construyen las identidades culturales. El abanico no necesitaba haber nacido aquí para convertirse en símbolo español: bastó con que llegara en el momento adecuado, se cruzara con una reina poderosa y, siglos después, con un movimiento artístico obsesionado con exotizar el sur de Europa. Es el mismo mecanismo que explica por qué ciertas tradiciones o fiestas, como la procesión gallega de los resucitados, terminan definiendo la imagen de un país entero aunque su origen sea mucho más local y modesto de lo que la fama sugiere.

Puede que la próxima vez que alguien despliegue un abanico en una tarde de calor no piense en el Antiguo Egipto ni en Isabel la Católica, y probablemente ni falta que hace. Pero conocer ese recorrido, de los esclavos que movían paneles de plumas a las fábricas del siglo XIX, cambia un poco la mirada sobre un objeto que dábamos por hecho. Al final, como tantas otras señas de identidad, el abanico español no es una herencia directa, sino una historia que fuimos construyendo por el camino.

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Fuente: COPE

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