Llevaban semanas removiendo tierra en una colina junto al río Miño, con Portugal a la vista al otro lado del agua, cuando el equipo de arqueólogos del fortín de As Torres empezó a entender que estaban ante algo más complicado de lo previsto. No era solo un fuerte del siglo XVII. Debajo de sus muros dormían, una encima de otra, al menos dos historias más antiguas: una mina romana y una fortificación medieval que terminó devorada por las llamas.
La campaña de excavación de este verano, desarrollada en Tomiño (Pontevedra), ha sacado a la luz más de 700 piezas en apenas unas semanas de trabajo, siete veces más material que en la campaña anterior. El hallazgo no es solo una cuestión de cantidad: cada fragmento ayuda a reconstruir un cruce de fronteras y de guerras que se prolongó durante más de mil años en el mismo pedazo de terreno.
Una colina con tres guerras superpuestas
El yacimiento de As Torres forma parte del proyecto Fortalezas da Fronteira, dirigido por la investigadora Rebeca Blanco-Rotea con la colaboración de equipos de la Universidade do Minho y la Universidade de Santiago de Compostela. Su objetivo es entender cómo se defendió, durante siglos, la raya que separa Galicia de Portugal, una de las fronteras terrestres más antiguas y estables de Europa.
Lo que han encontrado esta vez desmonta la idea de que el fuerte visible hoy, levantado durante la Guerra de Restauración portuguesa del siglo XVII, fuera la primera defensa del lugar. Bajo sus cimientos apareció una estructura militar medieval, y bajo esta, restos de una explotación minera de época romana. Tres momentos distintos de la historia de la península, comprimidos en la misma ladera.
Setecientas piezas en un solo verano
El equipo ha catalogado 684 fragmentos de cerámica, 14 objetos metálicos, tres piezas de piedra, restos óseos quemados, una ficha de juego y un diente, además de abundante material constructivo. Blanco-Rotea resumió el volumen de trabajo con una frase sencilla: «un volumen de material muy interesante para los días de trabajo que empleamos».
El fuego que marcó el final medieval
En la zona norte de la colina, donde se levantaba una estructura circular, los arqueólogos localizaron una capa de incendio especialmente intensa. Todo apunta a que la fortificación medieval no fue abandonada poco a poco, sino que sufrió una destrucción violenta y relativamente rápida. Parte de esos materiales calcinados terminaron después reutilizados como base para levantar el fuerte del siglo XVII, algo que no es tan raro como parece: en las fronteras en guerra, la piedra ya trabajada siempre fue un recurso demasiado valioso como para dejarlo tirado.
Estribos, huesos y una ficha de juego
Entre los objetos recuperados destacan varios estribos de caballo, prueba de que por esta colina pasaron jinetes armados, probablemente vinculados a la vigilancia de la frontera. La cerámica, fechada sobre todo entre los siglos XIII y XIV, es la que permite situar con más precisión la ocupación medieval. La ficha de juego y el diente humano, en cambio, aportan ese detalle más cotidiano: alguien, hace setecientos años, mataba el tiempo entre guardia y guardia mientras esperaba noticias del otro lado del río.

De mina romana a frontera con Portugal
La presencia de una mina romana bajo las otras dos construcciones no es una anécdota menor. Buena parte de la red defensiva gallega se levantó, literalmente, sobre infraestructuras romanas previas: caminos, minas y asentamientos que ya habían identificado los puntos estratégicos del territorio siglos antes. Cuando en 1640 Portugal se rebeló contra la Monarquía Hispánica y estalló la Guerra de Restauración, que se prolongaría hasta 1668, la vieja raya gallego-portuguesa volvió a convertirse en zona de combate, y muchas de esas posiciones antiguas se recuperaron y reforzaron a toda prisa.
Ese mismo patrón se repite en otras fortalezas de la frontera medieval española, donde capas de ocupación muy distintas conviven bajo un mismo recinto amurallado. Y no hace falta irse tan lejos en el tiempo para encontrar paralelismos: hace apenas unos días, otro incendio sacaba a la luz un frente de guerra oculto durante décadas en Aragón, un recordatorio de que el fuego, además de destruir, a veces conserva lo que de otro modo se hubiera perdido para siempre.
¿Por qué hay tantas fortalezas en la raya gallego-portuguesa?
Porque durante siglos fue una frontera activa entre dos reinos que se disputaron territorio, comercio y control del río Miño. A diferencia de otras fronteras interiores de la península, la línea entre Galicia y Portugal apenas se ha movido desde la Edad Media, así que las mismas colinas y pasos naturales sirvieron para defenderla una y otra vez, con soldados de épocas completamente distintas ocupando literalmente el mismo suelo.
Lo que hace especialmente interesante este hallazgo no es tanto la cantidad de objetos, sino lo que revela sobre la continuidad de la frontera como espacio militar. No estamos ante un fuerte aislado del siglo XVII, sino ante el último episodio de una vigilancia fronteriza que arranca en época romana y que se reactivó, con violencia, cada vez que las relaciones entre España y Portugal se torcieron. Comparado con otros yacimientos de la zona, como los campamentos romanos hallados bajo Palencia, As Torres ofrece algo más raro: la posibilidad de leer, en un solo corte de tierra, tres capítulos distintos de la historia militar de la península.
El equipo de Fortalezas da Fronteira ya prepara nuevas campañas para los próximos veranos, con la idea de excavar más superficie de la estructura medieval y precisar mejor cuándo y por qué ardió. Mientras tanto, en Tomiño, el Miño sigue corriendo igual que hace mil años, ajeno a las tres guerras que dejó enterradas en la misma colina.